Pelos rizados de angelito bueno.
Siempre feliz.
Buen apetito.
Buena charla.
Buen hermano.
Bienvenido al mundo de los bytes.
Disfrutalo.
Nos rodean desde la más tierna infancia. Desde aquellos días en los que nos perdíamos por ellas en busca de “ramajos” para el día 21 de enero, hasta nuestros días en los que algunos, nos seguimos perdiendo por ellas en busca de eso que los portugueses denominan “Saudade”.
Muchas son las callejas que rodean a San Vicente. Alguna emperifollada como la de la Fuente de la Paz (camino de Villa Vieja). Otras asfaltadas, como el camino de la Vega por los Canchos Blancos. Unas cuantas, recuperadas, como el camino que une el Valle de los Xilgueros con el Cerezal, por la zona del “Canchá La Guardia”. En definitiva, muchas son las callejas que al pueblo envuelven y muchos los recuerdos que ellas guardan.
Recuerdo de niño, o tal vez no de tan niño, ya que esto de los recuerdos es a veces muy casual, una calleja que iba a ninguna parte, finalizaba en ningún lugar. La Calleja Misteriosa le pusimos, sin pilas bautismales ni papeles de Juzgados, así se llamó entonces, y así aun hoy algunos de esta manera la seguimos llamando.
Cosas de niños, o de no tan niños, como ya señalaba antes, los recuerdos son a veces tan antojadizos.
Ante este título, algún lector, tal vez ya anclado en la diáspora y con recuerdos vanos de sus primeros paisajes, dirá: "¿Pero aquí no se escribía sobre San Vicente de Alcántara?, ¿Acaso trasladaron la plaza de toros de Alburquerque a nuestro pueblo?".
Se afianza bien al muro y mete la mano en uno de los agujeros más grandes que hay en él, cuando de pronto, suena un grito de espanto, saltando el joven como un felino a la calle, mientras, el amigo le pregunta, ¿Qué ha pasado?, éste le responde, apártate de la pared si no quieres quedarte calvo, o ciego que es peor, ¿Por qué dices eso?, ¿es que no lo has visto? dice el otro asustado, ¡cuando he metido la mano en la grieta ha salido un “Saternote”!, ¿un Saternote?, ¿Qué es eso?, es un “bicho”, que si te escupe te quedas calvo o ciego, dice muy resabido el “trepador”. Mientras, el otro chico con cara de espanto, le dice, ¿lo has tocado?, por que si es así, vete a lavar las manos, todo esto guardando una distancia de seguridad con su amigo.
Recuerdos de mi niñez,
en San Vicente de Alcántara,
donde se forjan los hombres,
como yelmos en las fraguas.
Pasan raudos los chiquillos,
jubilosos y contentos
y yo monótono y triste,
voy arrastrando mis huesos.
Hace aún pocos años,
yo, con mis viejos amigos,
en las noches rasas de enero,
en el frío y en el miedo.
Nos hablábamos distantes,
bajo un antiguo silencio,
en las noches estrelladas,
alrededor de mi pueblo.
El vapor de nuestras bocas,
hacia el cielo emanaba en vertical,
niños de cara impasible,
con ojitos de cristal.
Contábamos mil historias,
bajo el misterio confuso,
de un pensamiento infantil,
que meditábamos juntos.
Las sinuosas callejas,
de olivos enarboladas,
era escenario nostálgico,
para emprender las cruzadas,
Raspaduras, heridas, pedradas,
no nos importaba nada,
nuestra fina piel de mármol,
con valor las soportaba.
Hace falta estar ciego,
para no recordar esto,
gloriosos días de infancia,
marcados sobre mi cuerpo.
Una luz en mis huesos determina,
la existencia pasada de un torneo,
donde un niño travieso, derrotaba,
con su lanza a un hombre aventurero.
Sólo la noche lo sabe,
y los olivos más viejos,
los que no levantarán,
jamás mi eterno secreto.
El secreto de la noche,
el secreto de los miedos,
con el cual me encontraré,
cuando el alma vuelva al cuerpo.
Ese día llegará,
cuando mi cuerpo, ya viejo,
se funda sobre la tierra,
del pueblo Sanvicenteño.
Espero que alguien más se identifique con este tipo de recuerdos. "Ron".

De castillos se habla a veces por esta tierra, del maravilloso Castillo de PiedraBuena, del majestuoso de Alburquerque, o del escondido de Azagala. Estamos en tierra de castillos, tal vez un día sirvieron para defender las riquezas de un señor o las tierras de un rey. Aquí nos acordaremos del Castillo de Mayorga, con su cueva, con sus ruinas y con su bonito encalve.Muchos, con cargas de café a la espalda, ya tuvieron estas vistas. Va por ellos (creo que ninguno se hizo rico).
"No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en la memoria, en recuerdos, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: "no hay nada mas que ver", sabía que no era así. El fin de un viaje es solo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se ha visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la sembradura verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a dar los pasos ya dados, para repetirlos y trazar caminos nuevos a su lado. Hay que iniciar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino."
(Saramago, J.: Viagem a Portugal, Lisboa, 1995)